Crítica: «Batallas íntimas» de Lucía Gajá; el fondo descubierto en FICM. Corre Cámara
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Por Samuel Lagunas
Desde Morelia, Michoacán
 
Con decenas de aplausos, algunas confesiones y uno que otro ‘mea culpa’ fue recibido “Batallas íntimas” en su estreno mundial en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia 2016. La exhibición estuvo encabezada por la misma Lucía quien, acompañada por el productor Rodrigo Herranz, escuchó y dialogó con las y los asistentes que alcanzamos un boleto, aunque no una butaca —hubo personas que tuvieron que sentarse en las escaleras—, para la proyección de la cinta.
 
“Batallas íntimas” levanta un coro de voces que testifican, denuncian y reflexionan sobre la violencia en contra de las mujeres al interior de una relación (heterosexual) de pareja. Son numerosos los aciertos del documental, desde la cuidadosa fotografía de Malc Bellver hasta el exacto y efectivo trabajo del equipo de edición, pasando por un guion inmejorable que alterna el lenguaje tradicional del documental —los testimonios— con secuencias tan bellas como elusivas que metaforizan las historias que escuchamos.
 
En sus primeros minutos “Batallas íntimas” nos retrotrae un imaginario que se resiste a caducar: el cortejo, la proposición, el vestido blanco, el camino al altar, la ceremonia (religiosa o no), el baile y el beso delante de los invitados: todo aquello que antecede una vida en común que, en muchas ocasiones, degenera en tortura y martirio. Gajá reúne cinco historias alrededor del mundo: Ciudad de México, Nueva York, Sevilla, Helsinki y la India, para dejar en claro que la violencia doméstica contra las mujeres no es infierno de pocas; es, en cambio, una pandemia. La selección trasciende también el color de piel, la clase social, la profesión, la ideología política, las creencias religiosas y aún las marcas generacionales, limitándose —eso sí—, a escenarios urbanos; y, aunque en las historias de vida estos elementos salgan de inmediato a la superficie, Gajá se mantiene cauta y no explicita ningún juicio: así, en “Batallas íntimas” encontramos una mujer que agradece a Dios el haber salido de su casa y encontrado una red de apoyo a lado de otra que halla en un segundo matrimonio la felicidad hasta ese momento negada.
 
Las y los espectadores acompañamos en “Batallas íntimas” la historia de cada una de las mujeres, desconocidas entre sí pero tan próximas, aún espacialmente, gracias al montaje de Gajá y las seguimos en sus decisiones, sus sufrimientos y sus caminos de recuperación. Gracias a la disposición de ese itinerario, “Batallas íntimas” se ramifica y da cabida a voces de otras mujeres y hombres que acogieron y acogen mujeres heridas en su cuerpo y astilladas en su interior. La suma de historias no deja de lado a los otros protagonistas: los hijos y las hijas, quienes son investidxs con la esperanza de una sociedad anegada en la rabia y la frustración. Es, entonces, que oímos el temor a que los niños reproduzcan la violencia ejercida por el padre y a que las niñas no opongan ninguna resistencia ni eviten ese tipo de relaciones flagelantes y asesinas.
 
Si acaso hay soluciones, sugiere “Batallas íntimas”, éstas son colectivas: hay que enmendar el fondo del asunto: la podredumbre viene desde la raíz, pero esta raíz es construida, así que puede arrancarse y sembrarse de nuevo (de ahí el vínculo que establece con “The mask we live in” [2015], documental de Jennifer Siebel) y la apuesta por la educación y concienciación desde la infancia: cooperativas, grupos de apoyo, redes familiares y de amigos, asociaciones e instituciones; todas estas formas de organización social tienen una tarea que cumplir antes, durante y después de las batallas.
 
“Batallas íntimas” constituye ya un documento impostergable para repensar la violencia de género; además, encuentra, en los momentos en que la voz se desprende del rostro que la enuncia o cuando guarda silencio y cede ante la imagen contigua (un túnel, una ciudad al horizonte, una escultura dispuesta en la profundidad del mar, un camino entre árboles,), una forma de expresión que penetra un poco más hondo en nosotros y las revela (a ellas, pero también a nosotros) en su belleza y en su misterio: en esa totalidad siempre inacabada.
 
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